Un día, de golpe, de pronto, sin aviso, el dolor: una molestia asoma en la cuerpa de Ana Ojeda (sí, cuerpa, escribe Ana, que es un género literario en sí misma) y crece hasta taparlo todo. Hasta tapar incluso, por primera vez en ella, las palabras: cuando somos terriblemente físicas el lenguaje se escabulle (¡cobarde!).
¿Pica? ¿Duele? ¿Pincha? ¿Quema?, le preguntan los médicos. Ana no logra describir la complejidad que padece y, al callar, otorga. Los especialistas aprovechan su caso para desempolvar una caterva de términos institucionales, dignos de otra galaxia, con los cuales intentan instruirla; neuroforamen ocluido, hueco poplíteo, protrusión lumbar, músculo isquiotibial, y mi preferido (casi tan entrañable como R2-D2): disco L5-S1.
“Dolor” rima con “horror”; la autora no puede estar de pie ni acostada, no puede seguir con su vida tal como la conocía. Pero “dolor” también rima con “humor” y en este diario reímos a carcajadas.
Mientras tanto, Ana intenta rastrear el origen del sufrimiento, exige causa, y con tal fin se adentra en su genealogía materna, que es, ante todo, breve: abuela – madre – hija. Pero qué abuela (¡ajjjjj!), y qué madre (¡sííííí!). Porque nunca somos solas, ni siquiera en el dolor. Y así, al llegar al final del diario, ya nada lastima. Lo que queda es el eco de nuestra risa y la resiliencia del lenguaje.

— Adriana Riva

Diario de un dolor - Ana Ojeda

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Un día, de golpe, de pronto, sin aviso, el dolor: una molestia asoma en la cuerpa de Ana Ojeda (sí, cuerpa, escribe Ana, que es un género literario en sí misma) y crece hasta taparlo todo. Hasta tapar incluso, por primera vez en ella, las palabras: cuando somos terriblemente físicas el lenguaje se escabulle (¡cobarde!).
¿Pica? ¿Duele? ¿Pincha? ¿Quema?, le preguntan los médicos. Ana no logra describir la complejidad que padece y, al callar, otorga. Los especialistas aprovechan su caso para desempolvar una caterva de términos institucionales, dignos de otra galaxia, con los cuales intentan instruirla; neuroforamen ocluido, hueco poplíteo, protrusión lumbar, músculo isquiotibial, y mi preferido (casi tan entrañable como R2-D2): disco L5-S1.
“Dolor” rima con “horror”; la autora no puede estar de pie ni acostada, no puede seguir con su vida tal como la conocía. Pero “dolor” también rima con “humor” y en este diario reímos a carcajadas.
Mientras tanto, Ana intenta rastrear el origen del sufrimiento, exige causa, y con tal fin se adentra en su genealogía materna, que es, ante todo, breve: abuela – madre – hija. Pero qué abuela (¡ajjjjj!), y qué madre (¡sííííí!). Porque nunca somos solas, ni siquiera en el dolor. Y así, al llegar al final del diario, ya nada lastima. Lo que queda es el eco de nuestra risa y la resiliencia del lenguaje.

— Adriana Riva